Sunchales, 3 de abril de
2020.
“La meritocracia
en tiempos del COVID-19”
La
muerte es un acto de estricta justicia porque nos iguala y una pandemia sería
algo así como el prefacio que le precede.
Sospecho
que la peste llegó en el momento oportuno. La sociedad de consumo cuyo templo
sagrado es la televisión, genera estereotipos. Bajo esas reglas de juego el
mandato social actual determina, sobre todo “entre el medio pelo” como diría
don Arturo Jauretche, que uno no existe si no tiene, según los medios de
comunicación masivos, lo que ostentan los exitosos.
Este
paradigma subvierte la tabla de valores porque sobrevalúa el mérito personal
colocándolo por encima del interés colectivo.
Bajo
ese apotegma, donde lo importante no es lo que se es sino lo que se tiene, la
jauría endiosó a los símbolos del éxito: las marcas, el dinero, los autos
caros, las relaciones con personas influyentes… el lujo.
Vale
la pena recordar que Adolfo Bioy Casares supo sentenciar que “En todo lujo
palpita un íntimo soplo de vulgaridad”, concepto tomado por el Indio Solari en
“Un poco de amor francés”.
El
posmodernismo necesita imperiosamente asociar, por cuestiones obvias, al éxito
con el lujo. Generalmente el éxito no anda caminando por la vida de la mano de
la virtud y viceversa.
Realizadas
estas conjeturas cabe preguntarse entonces por qué la sociedad adopta posturas
contrarias al interés colectivo, al bien común. Quizás la respuesta sea más
sencilla de lo que se piensa.
La
moral de una sociedad es maleable, así lo demuestra la historia y como tal no
deja de ser la consecuencia de las presiones que ejercen los poderes temporales
sobre esa sociedad.
Si
esto no hubiese sido así Jesús no hubiese muerto en la cruz, Servet y Bruno no
hubiesen agonizado en la hoguera, ni tampoco Galileo Galilei habría pagado con
cárcel su osadía de respaldar a Copérnico.
Ninguna
sociedad que enarbole la bandera de la meritocracia puede considerarse
progresista y mucho menos justa. Esto si reconocemos que la meritocracia se
ubica en las antípodas de la solidaridad y que ésta, la solidaridad, es un
componente inescindible de la virtud.
No
estoy diciendo que el mérito no debe ser valorado, digo en cambio que no
debería ser utilizado para romper los lazos de solidaridad que necesariamente
debe presidir la razón de ser de toda sociedad que tenga por objeto primario la
construcción de un orden social verdaderamente justo.
Decididamente
el mérito debe ser considerado a todos los efectos, como un bien compatible con
la ambición. Ésta actúa como un medicamento, suministrado en su justa medida,
útil, en exceso, destructivo; con el mérito pasa algo parecido.
Si
esto pareciera ser tan claro, muchos no comprenden y se preguntan cómo es que
personas instruidas pueden llegar a caer en esta especie de estupidez de
endiosar al éxito.
La
cuestión tiene su explicación: la instrucción puede transmitirse, la sabiduría
no.
Además,
todos debemos tener presente que el éxito y sus estímulos vinculantes vienen
siendo indisimuladamente promocionados por los medios masivos de comunicación
para que la sociedad los incorpore, ya que esos medios no dejan de ser
corporaciones financieras que ejercen un determinado periodismo en función de
sus propios intereses. Ergo, la gente debiera saber que cuando estos medios
opinan sobre el capitalismo neoliberal excluyente y salvaje y la meritocracia,
siempre lo harán favorablemente, porque están hablando en nombre propio.
¿Conoce usted a alguien que hable mal de sí mismo?
Lo
que está ocurriendo en el mundo con el cambio climático provocado por este
capitalismo cada vez más concentrado y feroz, la llegada de pestes como el
COVID19, debería hacernos reflexionar, no a los dueños de la pelota, sino a los
que jugamos el partido, al común de los integrantes de la sociedad, a nosotros.
La
primer gran derrota al capitalismo excluyente, ese que fagocita las
expectativas y los sueños de la mayor parte de los habitantes del planeta se la
infligió el comunismo cuando cayó. Desde entonces el capitalismo salvaje y
posmodernista anda buscando un chivo expiatorio para deslindar
responsabilidades de los crímenes que comete.
Por
eso hoy más que nunca es importante volver a las fuentes y revalorizarnos como
sociedad. No creernos lo que no somos y recordar la finitud de nuestra
existencia. Un buen ejercicio cuando se nos quieren subir los humos a la
cabeza, lo recomiendo, es darnos una vueltita por el cementerio.
En
un mundo como el actual, utilitario y meritrocrático, donde pareciera que es
más importante ser exitoso que probo, donde muchos se fijan al lado de quiénes
se sientan o a qué lugares concurren; donde el ratón renuncia a su condición de
tal y se coloca al alcance del gato poniendo en riesgo su propia existencia, gloria
y honra a los que renuncian al mandato social de parecer y son por lo que
cargan en la mochila de su intelecto y de su corazón.
Al
no estar científicamente comprobado que el gato sea más útil o importante que
el ratón, no es bueno que los ratones quieran parecerse a los gatos.
Que
la actual circunstancia no nos paralice; no pensemos que el calentamiento
global del planeta y las pestes son obstáculos insalvables. Los obstáculos son
como la escalera, si de ella pensamos que sólo podemos llegar a caernos, nunca
la veremos también como un medio para elevarnos.
Hace
poco pensaba y decía que, si nos lo proponemos, todos podemos convertirnos en
algo mejor. La oruga, en su metamorfosis, se transforma en crisálida para que
luego, desde el capullo, salga volando una mariposa. Que así sea.
Etín
Ponce
Secretario
General
Cultura, Prensa y Propaganda - Atilra
Hipólito Yrigoyen 4054/56 CABA
1148839200

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