22 de agosto de 2020

48 años después: Gloria y honor a las y los héroes de Trelew.

48 años después: Gloria y honor a las y los héroes de Trelew 
Por Carlos Aznárez, Resumen Latinoamericano, 21 de agosto de 2020.
La fuga del penal de Rawson y la Masacre de Trelew no sólo recuerdan un crimen de lesa humanidad cometido contra un grupo de valientes revolucionarios y revolucionarias sino que constituye una clave fundamental de análisis del Terrorismo estatal contemporáneo argentino. Al igual que los bombardeos a la población civil en junio de 1955, Trelew es otro punto de inflexión puesto sobre la superficie por quienes ocupaban la cúpula del Estado para sentar precedente de cuánto estaban dispuestos a hacer quienes defendían (y aún hoy lo hacen) la estructura del capitalismo en su versión argentina.
Argentina: A 45 años de la masacre de Trelew
Si pensamos en qué enseñanzas y legado deja a las nuevas generaciones lo ocurrido el 22 de agosto de 1972 en ese confín de la Patagonia argentina, podemos concluir en varios aspectos nodales:
Antes que nada demoler la idea impuesta por quienes se erigieron en enemigos de la libertad y la justicia, sobre que cualquier intento de enfrentamiento con el poder estaría condenado al fracaso. En ese período de la historia argentina, miles de jóvenes, como las y los que ese trágico día 22 cayeron acribillados a balazos en la Base de la Marina Almirante Zar, estaban decididos a luchar por cambiar el orden injusto que soportaban millones de argentinos. En esa toma de decisión, no sólo desarrollaron al máximo su capacidad de entrega sino que también sabían que el compromiso era hasta las últimas consecuencias. Lo que el enemigo quiso mostrar como una sangrienta derrota, germinaba meses después en nuevos avances en la conciencia de las masas. El triunfo electoral de 1973 y la multitudinaria movilización a las cárceles permitió de inmediato la libertad de todos los presos y presas politicas.
Desde ese punto de vista, Trelew hoy, deja claro que frente a las nuevas triquiñuelas y acciones ofensivas del Imperio, la única salida posible es la confrontación. Mostrarle los dientes y hacerle saber a quienes siguen generando nuevas formas de conquista o recolonización, que no nos entregaremos a sus designios mansamente. Y que los aparentes retrocesos de la actualidad abonarán nuevas resistencias a futuro. Esto vale recordarlo, justamente ahora que se desarrolla una ofensiva violenta para afianzar el capitalismo, a lo que desde principios de año se han sumado nuevos mecanismos de control y sumisión impuestos por la guerra bacteriológica global.
Justamente cuando más se debería radicalizar el discurso y la acción, más se insiste desde ciertos sectores de la izquierda o el «progresismo», en soluciones a medias, falsos atajos reformistas, respuestas edulcoradas o tácticas posibilistas para enfrentar a la baja a quienes nos han puesto la soga al cuello y no dudan en apretar el nudo. El continente está lleno de ejemplos en ese sentido, pero también afloran importantes actos insurgentes, como en Chile, en la Nación Mapuche, en Paraguay, en Perú, en Colombia, en Brasil, en todas las luchas antiextractivistas y hasta en las propias calles del imperio gringo.
Por otra parte, aquellos jóvenes de Trelew también marcaron un camino en lo que hace a dejar de lado todo tipo de planteo individualista y apostaron al accionar colectivo. Desarrollaron una auténtica hermandad revolucionaria, donde el otro compañero o compañera era lo más importante a cuidar y proteger en la lucha cotidiana, junto con los sectores más golpeados de la sociedad. En los barrios, en los establecimientos de trabajo, en los ámbitos estudiantiles, se fueron gestando así bolsones de la nueva sociedad por la que se batallaba. Signos de amor compartido, de esperanzas de cambio y sobre todo, de un abierto altruismo en la reivindicación de los ideales. Con esa impronta y el deseo de volver a reintegrarse a la lucha activa en la calle, los militantes de todas las organizaciones revolucionarias que decidieron la fuga masiva de Rawson, y también los que optaron generosamente en no participar de la misma, como el inolvidable dirigente sindical Agustín Tosco, pusieron en marcha una gesta que desnudó como nunca a la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse.
Cuarenta y ocho años después, es evidente que el concepto de militancia ha cambiado mucho. Aspectos de un marcado individualismo que soportan los distintos estamentos de la sociedad argentina actual, también se han introducido, como si se tratara de un virus, en el accionar de alguna franja de la izquierda. El recurso de arriesgar lo menos posible para auto preservarse (en el trabajo, en las Facultades y hasta en la militancia) son habituales y se asumen como si fuera algo que existió siempre. De la misma manera, también pueden observarse propuestas edulcoradas que actúan como apagafuegos de cualquier planteo de resistencia y que harían empalidecer a aquellos recordados jóvenes revolucionarios de Trelew.
Por último, los hechos de la fuga de Rawson remarcaron el concepto de unidad en acción de las organizaciones revolucionarias, algo que hoy se extraña como un bien preciado difícil de repetir a pesar de los años transcurridos.  Esa decisión de fugarse juntos a pesar de las diferencias entre una organización y otra, no fue un hecho casual, sino parte una concepción de trabajo y militancia que se venía desarrollando desde mucho tiempo antes. Se tenía claro quien era el enemigo y frente a él valían todos las posibilidades de ataque. De allí que tanto en la improvisada conferencia de prensa realizada en el aeropuerto de Trelew por aquellos que luego serían asesinados a mansalva, como en las declaraciones conjuntas hechas en La Habana por los cuadros de dirección de las organizaciones armadas que alcanzaron a fugarse exitosamente, se recalcara el tema de la unidad y la necesidad de mantener esa iniciativa.
Actualmente, la unidad está en boca de todos los militantes del campo popular pero termina en la mayoría de los casos siendo sólo una expresión de deseos. Es evidente que no se toma muy en serio la necesidad de forjarla, a pesar de que revoluciones o guerras emancipatorias triunfantes como la de Cuba o el proceso bolivariano de Venezuela han hecho esfuerzos para acercar posiciones entre los diferentes grupos que representan a la izquierda en todo su espectro. Aún estamos a tiempo de honrar a los héroes de Trelew forjando una fuerza antiimperialista, anticapitalista y antipatriarcal que sume todas las banderas.
El ejemplo de Trelew debería servir como acicate para que en este presente tan especial se fueran dando pasos firmes que permitan unificar a los que siguen creyendo que Revolución y Socialismo son dos conceptos indivisibles. Sería también una respuesta a quienes en todos estos años han secuestrado consignas, se han vestido con la ropa de los caídos en combate para volverlos a matar con propuestas claudicantes o maniobras de abierta corruptela, o han institucionalizado el discurso de inclinarse por el mal menor, evitando construir alternativas que desnuden la mascarada de un falso progresismo. Los revolucionarios que entregaron su vida en Trelew no lo hicieron para apuntalar al capitalismo, peleaban por un mundo diferente, más humano e inclusivo. La patria socialista.
En este momento argentino y latinoamericano en que otra vez los halcones de la derecha vuelan de forma rasante o marchan desafiantes en las calles con consignas gorilas, anticomunistas, fascistas y de una intolerancia provocadora, Trelew no es consigna del pasado. En este marco en que las desapariciones forzosas continúan (Julio López y Daniel Solano, o las más recientes de Facundo Astudillo Castro y Franco Martínez) y el «gatillo fácil» y abusos policiales de todo tipo campan a sus anchas, acentuados aún más desde que comenzara la cuarentena obligatoria, demuestran que la represión actual hereda señales evidentes de épocas dictatoriales. A contracorriente de tales escenarios, Trelew sigue siendo un grito rebelde contra la impunidad.
Se hace difícil por estas horas evocar semejante gesta, desde la frialdad de una pantalla. Lo virtual jamás podrá reemplazar a las calles, aunque haya quienes así lo están planificando de cara al futuro. Que este sábado 22 de agosto, en cualquier esquina de cualquier sitio del país, una mano joven no dude en escribir en el aire o donde pueda: «Trelew: la sangre derramada no será negociada». Será una forma de expresar (nos) que la tarea que ellos emprendieron no está acabada.



Una pintada que recuerda una masacre 
22/08/2020
Han transcurrido nada menos que 46 años de un suceso que en su momento conmocionó a la sociedad argentina. Fue cuando el 22 de agosto de 1972, en un intento de fuga, 16 miembros de distintas organizaciones peronistas de distinta tendencia fueron acribillados en lo que habría sido un intento de fuga. Oscar Gatica, militante del peronismo provincial, recordó por estas horas una pintada que realizó dos años después -1974- en una inmensa pared medianera con vista a la Avenida Ameghino (casi esquina Pío XII) precisamente recordando la Masacre de Trelew en su segundo aniversario.
«Trelew, la patria fusilada».
«Pasé por el lugar y veo que quedan vestigios de esa pintada que hice hace 46 años… parece mentira que pasara tanto tiempo», dijo Oscar ayer en breve diálogo con este diario. Es cierto, aquella frase con la que se expresaba la indignación por los fusilamientos todavía se advierte, aunque se haya intentado borrarla con alguna mano de pintura.
«Esta pintada que dice ‘Trelew: la Patria fusilada’, la decidimos como Juventud Peronista de esos años recordando la masacre producida por la dictadura del general (Alejandro Agustín) Lanusse, y se inspiró en el título del libro de Paco Urondo, que se titulaba precisamente ‘La patria fusilada’. Cuando estampé esa consigna tenía 17 años, y muchos sueños de un país más justo y digno para todos, pero nunca nos imaginamos que dos años después, en 1976, vendría la dictadura cívico-militar genocida que encabezaron (Jorge Rafael) Videla, (Emilio) Masera y (Orlando) Agosti», rememoró.
La realidad provinciana.
En ese año 1974, cuando se hizo la pintada del paredón, se cumplía el segundo aniversario de la masacre de Trelew. «La situación política luego de la muerte de Perón, el mes anterior, comenzaba a complicarse tanto al interior del peronismo como en la política general del país. Desde nuestra realidad provinciana se advertía un avance de los sectores de la derecha peronista contra algunos gobernadores que habían sido desplazados por sus vicegobernadores, y otros seguían siendo cuestionados como le tocó vivir al nuestro, don José Regazzoli», evocó.
Aventuras golpistas.
Gatica mencionó que luego de la muerte del General Perón, «como Juventud Peronista habíamos redactado un comunicado de prensa que entre otras cosas expresaba: ‘Los momentos que hoy nos tocan vivir son difíciles. La oligarquía y el imperialismo siguen jugando aventuras golpistas, de ahí nuestro llamado a agruparnos en torno al gobierno popular para defenderlo y mantener el orden constitucional’. Éramos conscientes que estábamos rodeados de dictaduras militares y que el golpe de Estado también llegaría a nuestro país, por eso nuestro llamado a defender el gobierno y el orden constitucional», explica ahora la situación de entonces.
Tiempos difíciles.
Oscar Gatica, militante de siempre del PJ, señaló que «el año anterior (1973) habíamos recordado la Masacre de Trelew con un acto en la sede del Partido de calle Yrigoyen, y un año después esto ya no era posible. Fue la época de los interventores partidarios que eran enviados por el Consejo Nacional del PJ a las provincias».
El ex trabajador de la Legislatura provincial -se acogió a la jubilación- recordó que «a La Pampa llegó como delegado normalizador del Partido Justicialista, Francisco Quindimil. En el mes de julio cuando se cumplía un aniversario más de la muerte de Evita salimos como Juventud Peronista a hacer unas pintadas callejeras y algunos compañeros fueron detenidos y luego liberados. Por eso esa vez ante el aniversario de Trelew no hubo acto en el partido, y se decidió a pesar de todo lo que acontecía, hacer pintadas callejeras en lugares alejados del centro de la ciudad tratando de evitar nuevas detenciones», completó.
Oscar expresó que «seguir la militancia en esas condiciones no era nada fácil, pero igual continuábamos creyendo en la necesidad de que nuestra voz y pensamientos se siguieran escuchando más allá de los locales partidarios; en nuestra militancia barrial, en los comunicados de prensa, y aunque más no fuera a través de las consignas en las paredes de la ciudad».
Fuga y fusilamientos
Fueron 16 los integrantes de diversas organizaciones armadas peronistas los que resultaron fusilados, después de un intento de fuga. Algunos de los que se habían evadido pudieron escapar y llegaron hasta Chile, pero otros resultaron detenidos nuevamente y pagaron con la vida sus ansias de libertad.
Se conoció como La Masacre de Trelew, o “Los fusilamientos de Trelew”, y se trataron de verdaderos asesinatos. Muchos presos que huyeron del penal de Rawson fueron recapturados, y con posterioridad iban a ser ametrallados por marinos dirigidos por el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa. Los crímenes fueron declarados como de “lesa humanidad”.
Pero recién muchos años después, el 15 de octubre de 2012, el Tribunal Federal de Comodoro Rivadavia condenó a prisión perpetua a Emilio Del Real, Luis Sosa y Carlos Marandino como autores de 16 homicidios y tres tentativas.
Fuente:LaArena

La “Masacre de Trelew”: una fuga frustrada y 19 fusilados en la madrugada

Guerrilleros en la Base



Gobernaba por entonces el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, el tercero y último de los presidentes de facto de la dictadura auto denominada la “Revolución Argentina” que bajo la conducción del también teniente general Juan Carlos Onganía destituyese al primer magistrado constitucional Arturo Umberto Illia y planteándose una larga gestión dijera que dicha “Revolución” no tenía plazos sino objetivos, es decir que podía prolongarse indefinidamente.
Sin embargo la resistencia popular expresada a través del movimiento obrero como ”El Rosariazo” y “El Cordobazo” y la aparición de varias organizaciones políticas armadas forzaron su renuncia y fue reemplazado por el casi desconocido general de brigada Roberto Marcelo Levinsgton quién pretendía seguir con el planteo de Onganía de llevar adelante objetivos sin preocuparse por los plazos. Otra vez los cordobeses fueron decisivos para provocar su salida cuando tomaron buena parte de la ciudad en el llamado “Viborazo”.

De Lanusse a Macri | Qué fue el Gran Acuerdo Nacional | Página12
Lanusse

Así llegó Lanusse a la presidencia. Éste tenía otra visión de las cosas ya que estaba dispuesto a volver al orden constitucional y a legalizar el justicialismo aunque manteniendo la proscripción personal de Juan Domingo Perón, por entonces exiliado en Madrid. Levantó la veda política y autorizó la apertura de los comités partidarios después de un lustro de clausura. La tarea le fue encargada al dirigente radical Arturo Mor Roig, nacido en Catalunya, de destacada actuación como diputado nacional durante el gobierno de Illia.
Durante esa etapa se produjo el desarrollo del “Gran Acuerdo Nacional” impulsado por el propio Mor Roig con la idea de dar a los militares una salida acordada que les permitiese retener parte del poder para lo cual tenían como candidato al capitán de navío Francisco Guillermo “Paco” Manrique quién había sido jefe de la Casa Militar durante la anterior “Revolución Libertadora” y luego se insertara en la política creando el “Partido Federal” y concluyera aliándose con otras fuerzas menores.
Mientras ocurría todo ello la guerrilla se consolidaba e incrementaba su capacidad operativa a través de organizaciones como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y los Montoneros, algunas de las cuales tenían importantes presencias territoriales en algunos lugares del país como en el caso del ERP en la Provincia de Tucumán. Luego algunas terminaron fusionándose.
Más de cien guerrilleros capturados por las Fuerzas Armadas y las de Seguridad se encontraban presos en el Penal de Rawson, en la capital de la Provincia de Chubut a los que el 15 de agosto de 1972, a partir de las 18.30, se los intentó liberar mediante una operación conjunta desarrollada por el ERP, las FAR y los Montoneros. El jefe del operativo fue el líder del ERP, Mario Roberto Santucho, en tanto que desde dentro del penal, Marcos Osatinsky, de las FAR ya planificaba la fuga durante la cual dio muerte al guardiacárcel Juan Gregorio Valenzuela.
La idea que impulsara el operativo estuvo basada en una exitosa fuga que un año antes, el 6 de septiembre de 1971, habían concretado los tupamaros uruguayos desde el penal de Punta Carretas. Uno de los 111 tupamaros fugados en esa ocasión fue nada menos que el, años más tarde, presidente José Alberto “Pepe” Mujica. En el caso de Rawson solamente lograron fugarse veinticinco, en dos grupos de seis y diecinueve personas, respectivamente. El único sobreviviente, de todos ellos, es Fernando Vaca Narvaja, hasta hace unos años importante funcionario en la Provincia de Río Negro.
Vaca Narvaja, junto con Osatinsky y Santucho, fueron parte del grupo de los seis, los integrantes del “Comité de Fuga”, que amontonados en un Ford Falcon llegaron al aeropuerto de Trelew. Los otros tres fueron Roberto Jorge Quieto, Domingo Menna y Enrique Haroldo Gorriarán Merlo. Este último, tiempo después, en 1980, ejecutó en Asunción del Paraguay al ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza por lo que es honrado en Managua con el nombre de una biblioteca. Murió en 2006 cuando había creado una fuerza política para participar en los comicios presidenciales de 2007 que consagraron a Cristina Elisabet Fernández como primera mandataria argentina.
Esos seis fugados llegaron al aeropuerto de Trelew, ahora en su homenaje “Centro Cultural por la Memoria”. Allí abordaron un avión de Austral Líneas Aéreas que había sido capturado por un comando de la guerrilla del que participaron dos pasajeros, Víctor José Fernández Palmeiro, del ERP, y Anita Weissen, de las FAR. Los otros diecinueve llegaron en tres taxis al aeropuerto mientras los camiones que debían trasladar al resto no aparecieron por la puerta de la cárcel por razones desconocidas. Finalmente el avión partió con los seis primeros y los fugados se asilaron en Chile, donde gobernaba el socialista Salvador Guillermo Allende, depuesto más tarde por un golpe de estado encabezado por el genocida Augusto José Ramón Pinochet.
De los 19 que no pudieron partir del aeropuerto, dieciséis de ellos fueron asesinados una semana después, el 22 de agosto, hacen hoy 48 años por personal de la Armada, luego juzgado y condenado. Los otros tres fueron heridos. Ese hecho no contó con el aval de Lanusse, opuesto a los genocidios como que fue el único militar que en 1985, durante el Juicio de las Juntas, se presentó a declarar contra las violaciones a los derechos humanos durante el así llamado “Proceso de Reorganización Nacional” entre 1976 y 1983. Claro que en aquellas circunstancias Lanusse terminó convalidando los hechos, incluso en sus posteriores memorias.
El asesinato de las dieciséis víctimas, ya que los otros tres lograron sobrevivir, se produjo durante la madrugada de ese 22 de agosto en la Base Aeronaval Almirante Zar, dependiente de la Armada Nacional cercana a la ciudad de Trelew. El principal responsable de la masacre fue el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa quién el 15 de octubre de 2012 fuera condenado, junto con los también partícipes Emilio Del Real y Carlos Amadeo Morandino, a prisión perpetua, por dicho delito de “lesa humanidad” por el Tribunal Federal de Comodoro Rivadavia. También se solicitó la extradición de Roberto Guillermo Bravo, exiliado en los Estados Unidos de América desde 1973, donde fuera detenido en 2019 y liberado tras pagar una fianza de 1,2 millones de dólares estadounidenses.
Los integrantes de ese segundo grupo de diecinueve cuando llegaron al aeropuerto pensaban huir en un avión de Aerolíneas Argentinas que estaba por aterrizar pero el mismo fue desviado por la torre de control. Los guerrilleros organizaron una conferencia de prensa que diera Rubén Pedro Bonnet y luego se entregaron a los efectivos de la Armada que rodeaban el lugar tras recibir, delante de autoridades judiciales y periodistas que se les iban a respetar sus vidas. Pero nada se cumplió y, por empezar, la patrulla que comandaba el capitán Sosa en lugar de trasladar a los prisioneros al penal de Rawson lo hizo a la Base Aeronaval Almirante Zar.

Mario Abel Amaya

Cuando llegaron a la misma los marinos prohibieron la entrada a quienes los habían acompañado como garantes: el juez Alejandro Godoy; el abogado Mario Abel Amaya, luego diputado nacional radical entre 1973 y 1976 y asesinado ese último año como parte del genocidio practicado luego del golpe de estado; y los periodistas Héctor “Pepe” Castro, director de la emisora LU17, el director del diario “Jornada” y el subdirector del diario “Chubut”. Los obligaron a retirarse y ahí se terminaron todas las garantías.
A raíz de ello se generó en la sociedad la idea de que se aproximaban duras represalias. Eso hizo que el Partido Justicialista enviara al ministro Mor Roig un telegrama con el siguiente texto: “Reclamamos respeto a los derechos humanos de los presos políticos de la unidad carcelaria Rawson responsabilizándolo por su integridad física amenazada por medidas de represión”. Por entonces la máxima figura de esa fuerza política era el luego presidente Héctor José Cámpora, delegado personal de Juan Domingo Perón en la Argentina. Mientras, en Trelew se había instalado una fuerza de unos tres mil miembros de la Armada bajo el argumento de que se esperaba un nuevo intento de fuga. Por su parte el gobierno nacional gestionaba ante el presidente chileno la deportación de los seis fugados, pero éstos fueron trasladados a Cuba. Pasados unos días, el 21 por la noche hubo una importante reunión en la Casa Rosada donde participaron los comandantes de las tres armas y varios funcionarios con cargos importantes. Los periodistas, a su término, no lograron información alguna. De hecho allí se acordó endurecer la represión.
Unas pocas horas después, a las 3.22 del fatídico 22 de agosto, los diecinueve reapresados fueron sacados de sus celdas, se los hizo formar y se les dio la orden de mirar el piso. Entonces un pelotón de fusilamiento a cargo de Sosa dio la orden de disparar. Una parte de las víctimas murió de inmediato y otras fueron rematadas estando heridas. Hubo siete sobrevivientes a los que no se prestaron cuidados y así murieron cuatro más. Los tres restantes fueron llevados a Puerto Belgrano donde se les extrajeron las balas. El burdo argumento para lo que Perón calificara como “asesinato” fue que hubo un nuevo intento de fuga.
Ese día por la noche, mientras se generalizaban las protestas sociales, que incluyeron bombas colocadas en dependencias oficiales, el gobierno sancionó la Ley N* 19.797 que prohibió dar todo tipo de información relacionada con los grupos guerrilleros. Si bien todo indica que Lanusse no estuvo de acuerdo ante lo hecho por la Armada, optó por la alternativa de aceptar que el estado nacional se hiciese cargo de los hechos. La postura de la Armada quedó en claro cuando el 5 de septiembre, en la misma base de Trelew, el capitán de navío Horacio Mayorga afirmase a sus subordinados: “No es necesario explicar nada. Debemos dejar de lado estúpidas discusiones que la Armada no tiene que esforzarse en explicar. Lo hecho bien hecho está. Se hizo lo que se tenía que hacer. No hay que disculparse porque no hay culpa. La muerte está en el plan de Dios no para castigo sino para la reflexión de muchos”.
Las organizaciones guerrilleras lanzaron la consigna “La sangre derramada no será negociada”. Con el correr del tiempo el contralmirante Hermes José Quijada, jefe del Estado Mayor Conjunto de la Armada; el ministro Mor Roiga; y el juez de la Cámara Especial que había juzgado a guerrilleros, cayeron muertos de resultas de esa anunciada venganza.
Resultaron víctimas de esa matanza, considerada por muchos analistas e historiadores como el inicio del “terrorismo de estado” en la Argentina, Carlos Astudillo (FAR), Rubén Bonnet (ERP), Eduardo Capello (ERP), Mario Emilio Delfino (ERP), Carlos Albetto del Rey (ERP), Alfredo Kohan (FAR), Clarisa Lea Place (ERP), Susana Lesgart (Montoneros), José Ricardo Mena (ERP), Miguel Ángel Polti (ERP), Mariano Pujadas (Montoneros), María Angélica Sabelli (FAR), Humberto Suárez (ERP), Humberto Toschi (ERP), Alejandro Ulla (ERP) y Ana María Villarreal (ERP), la esposa de Mario Roberto Santucho. Los heridos que sobrevivieron fueron María Antonia Berger (FAR), Alberto Miguel Camps (FAR) y Ricardo René Haidar (Montoneros), luego muertos durante el mal llamado “Proceso de Reorganización Nacional”.
En repudio a lo allí acontecido, en 2014, se levantó un monumento en la base Almirante Zar en el que se lee: “En esta unidad de la Armada Argentina, el 22 de agosto de 1972 se cometió la Masacre de Trelew. También fue utilizada como centro clandestino de detención de la última dictadura cívico-militar” y en el que, en tres columnas verticales, se leen las palabras “Justicia”, “Memoria” y “Verdad”.
Fuente:MB

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