Derrota de EE.UU, vuelven los
Talibanes
Por Juan Guahán, Resumen Latinoamericano, 22 de agosto de 2021.
Con un destino incierto los talibanes nuevamente gobiernan Afganistán. El mensaje de las recientes elecciones provinciales. Pobreza para todos: Salario real por el piso y con programas sociales que -en 7 meses- consumieron 90% del presupuesto anual.
Es francamente llamativo que los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, una monja y poetisa mexicana del siglo XVII, puedan explicar con mayor sentido común los acontecimientos que se viven en Afganistán que los extensos textos de analistas de diferentes especies.
Desde las –cargadas de hipocresía- usinas ideológicas del mundo occidental alertan sobre el peligro, para la humanidad, que significa el renacer de los talibanes en esa región del Asia. Lo hacen denunciando -como escudo- los riesgos que corren las libertades y derechos que tienen las mujeres, olvidando cómo ellos mismos las sometieron en estos años de ocupación y bombardeos indiscriminados.
Sor Juana inmortalizó aquellos versos: “Hombres necios, que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”. Lo hizo, en su barroco estilo y señalando la doble moral del mundo que la rodeaba. Lo hacía reclamando igualdad desde esa violencia instalada por el mundo machista. Siglos después las llamadas políticas de género reconocerían algunos aspectos de esa reivindicación.
Hoy occidente, sin una Sor Juana que se lo señale, se desgarra las vestiduras y clama al mundo por el “peligro talibán”. Pero nada dice sobre dos cuestiones básicas: Primero, los derechos de cada pueblo a elegir su propio destino y segundo que el pueblo afgano había tomado otros caminos pero la voluntad imperial hizo lo indecible para cambiarlo. Ahora se queja de los efectos de su propia acción. Lo que está ocurriendo en Afganistán es otra vuelta de tuerca a una situación que está precedida por conflictos que, en los últimos 40 años, lo mantuvieron en vilo. Pero veamos…
AFGANISTÁN: CON SOCIEDAD, CULTURA Y FUTURO CLAUSURADOS
Afganistán está en el corazón de Asia, un punto vital para el tránsito y comunicaciones entre ese continente y Europa. Son sus vecinos: Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y China. Su población, profundamente fragmentada en varias etnias, supera los 38 millones de personas que viven en un territorio semejante al sumado por nuestras provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Entre sus riquezas se cuentan minerales e hidrocarburos, pero el cultivo de las amapolas -destinadas a la producción del opio- es la actividad más floreciente. Ese negocio ilegal fue aprovechado por sucesivos ocupantes pero también favoreció el crecimiento y sostenimiento de organizaciones también irregulares. En estos últimos años, bajo la ocupación de los EEUU, sus cultivos de opio constituyeron el 90% de la producción mundial del mismo. Sin embargo es bueno recordar que su cultura milenaria reconoce que fue en esas tierras donde el cultivo agrícola dio las primeras muestras de su importancia para la organización y subsistencia de las sociedades.
Desde los primeros años de la década de los 70’ del siglo pasado buena parte del pueblo afgano se sintió identificada con gobiernos que promovían la independencia nacional y un mejoramiento social. La reforma agraria fue una de esas banderas. Esas políticas lo acercaron a la Unión Soviética. Los datos señalan que años más tarde, como una herencia de esa experiencia, la participación de las mujeres estaba cambiando al punto que el 40% del personal médico y el 60% de docentes universitarias eran mujeres.
EEUU, en su carácter de “Comisario del Mundo”, consideró que esa perspectiva cuestionaba sus intereses. Se apoyó en los más poderosos y conservadores dueños de la tierra y comenzó a conspirar. El islamismo más extremo y conservador fue instrumentado para acorazar esas tendencias. Gran cantidad de dólares, armas, logística e inteligencia norteamericanos tuvieron ese destino.
De ese modo Afganistán quedó aprisionado en los intereses de la Guerra Fría.
NACEN LOS TALIBANES
Los conflictos internos en Afganistan, motivaron que la URSS –en 1979 y en medio de su decadencia- invadiera ese país. Durante una década la resistencia afgana luchó y creció en medio de esta ocupación. En ese ínterin los combatientes afganos fueron sostenidos por la alianza de los países occidentales y Arabia Saudita.
Los cuadros ideológicos y político-militares de esa resistencia se formaron en las “madrazas” (escuelas) que funcionaban en Pakistán. Allí nacen los “talibanes” (estudiantes) y con el apoyo norteamericano son los principales protagonistas de la retirada de los soldados de la URSS (1989).
Esos mismos combatientes, con Osama Bin Laden como símbolo, con las diferencias religiosas y culturales como bandera se volvieron contra sus patrocinadores y luego del atentado de las Torres Gemelas (11/9/2001), comenzaron a padecer la persecución del imperio. La ocupación militar de los EEUU (2001) los expulsó del poder. Esa ocupación, utilizando a funcionarios afganos adictos permitió a los EEUU controlar el gobierno hasta el pasado domingo. El avance incontenible de los talibanes terminó con esa disfrazada ocupación. La prensa recogió las imágenes que hicieron recordar la fuga norteamericana de Saigón, cuando huyeron de Vietnam, en 1975.
Ahora la mayor parte del pensamiento occidental advierte del “peligro talibán”, los EEUU colocan sobre el escenario su estrategia del mayor caos posible. Su consigna parece ser, “si yo no puedo gobernar a la sociedad que nadie pueda hacerlo”, ya la practicaron en Libia e Irak. Tal vez esta siniestra idea está en la raíz de la decisión del “abuelito” Joe Biden. Se trata de una idea a la cual los argentinos deberíamos prestarle mayor atención.
Estos talibanes vienen de la misma matriz de los protagonistas de la guerra de hace décadas atrás, pero tienen que gobernar en un mundo distinto. Ahora Afganistán no estaba ocupado por la URSS, los intrusos eran otros, los EEUU. China está lejos de acompañar políticas de los EEUU contra Rusia como lo hacía en aquellos tiempos (recordemos su boicot a las Olimpíadas de Moscú en 1980), hoy China y Rusia son aliados. Los islámicos de Irán –chiitas- están dialogando y no guerreando con los sunnitas, que predominan en los talibanes.
El discurso de estos líderes afganos, respecto a diferentes minorías y las mujeres, parece reflejar esas diferencias de época y circunstancias. Rusia, China e Irán están en las mejores condiciones para contribuir al fortalecimiento de lo que está pasando en Afganistán, una sociedad a la que esperemos que las fuerzas mundiales dominantes dejan avanzar desde sus propios valores y cultura.
La hipocresía de Occidente
Por Colombia Informa / Resumen Latinoamericano, 20 de agosto de 2021.
Llevamos cerca de una semana viendo como el mundo se conmueve por lo que se nos presenta como el regreso de la guerra a Afganistán. Resumiendo: Estados Unidos estaba planeando su salida, mientras apoyaba negociaciones de paz con los talibanes y el ejército del Gobierno afgano se decía preparado para la salida de EE.UU.
En cinco días, los famosos talibanes se tomaron todo el país, sin combate. El presidente Ashraf Ghani salió huyendo y las misiones diplomáticas de Occidente evacuaron a sus funcionarios y ciudadanos mientras sucedían momentos de terror en un aeropuerto. Vimos cómo centenares de personas empleadas de las fuerzas de ocupación de EE.UU. y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte -OTAN- buscaron desesperadamente subirse a un avión estadounidense, drama que terminó con unos siete muertos. https://www.youtube.com/embed/CF1PisRb4m8?feature=oembed&wmode=opaque
Pero, ¿cómo pueden los talibanes haberse “tomado” el país sin combate? ¿Quiénes son? ¿Por qué hablan de “gobierno de transición”?
El proceso de paz entre talibanes y el Gobierno afgano en Doha, Quatar (sede de los diálogos), había generado alguna expectativa desde septiembre pasado. Pero su inicio presentó demoras y algunos sectores progresistas de Afganistán lo criticaron. ¿Por qué? Estados Unidos financió a los talibanes como una fuerza antisoviética en los años 80 y 90, para luego llegar a derrocarlos en 2001, en la famosa guerra contra el terrorismo y la búsqueda incansable de Osama bin Laden (exaliado de los gringos que se había convertido en su enemigo número uno después del atentado contra las torres gemelas del World Trade Center en septiembre del 2001). Pero, para asombro del mundo, el propio Gobierno de los Estados Unidos fungió como facilitador en el proceso de paz entre ambas partes.
El falso pretexto de la “libertad”
Durante esta semana estamos siendo llamados y llamadas a salvar a las mujeres de Afganistán, por los mismos que las bombardean en su propio territorio hace 20 años. Las redes sociales se han llenado de imágenes donde vemos mujeres con velo integral (nombrado Burka) enfrentadas a hombres barbudos. Y las polémicas se encienden entre el feminismo liberal que mira solo por lo que le conviene y el resto de feminismos que no entiende por qué es llamado a “liberar” a las mujeres y disidencias sexuales afganas. Sin embargo, desde ese territorio se habla de otra historia.
El Partido Solidario de Afganistán, en un comunicado de octubre 2020, afirmó que “durante años, los Estados Unidos y Occidente han engañado a su pueblo al afirmar que estaban ‘liberando a las mujeres afganas’. En realidad, la barbarie y opresión contra las mujeres afganas son ahora más espantosas y generalizadas que incluso durante el gobierno medieval de los talibanes”.
Los datos señalan que en 1988 las mujeres en Afganistán eran el 40% del personal médico y el 60% del total de docentes universitarios. La escuela era obligatoria para todas y los matrimonios forzados estaban prohibidos. Después de la caída de la Unión Soviética, iniciaron cuatro años de guerra civil contra las fuerzas de los talibanes (financiados por EE.UU.). Estos tomaron el poder en 1996, hasta ser derrocados por los gringos en 2001. La situación cambió radiacalmente.
Afganistán podría interpelar a analistas latinoamericanos por sus similitudes con realidades regionales. Según el Partido Solidario de Afganistán, “otro objetivo declarado de los Estados Unidos y sus aliadxs es la erradicación de la producción de drogas. Pero durante las últimas dos décadas, nuestra tierra ha producido más del 90% del opio del mundo (..). La economía de nuestro país está basada en el cultivo y tráfico de droga, en los que las agencias de inteligencia occidental están involucradas”. ¿No es cierto que se parece a Colombia?
La “mala suerte” de Afganistán tiene que ver con su posición geoestratégica: Al Norte tiene frontera con una inmensa zona de extracción de recursos minero-energéticos; además, tiene una frontera con China y otra con Irán. Por eso Estados Unidos tiene tanto interés en ese rincón del mundo, al punto de haberse metido en el conflicto armado más largo y más costoso de su historia (que se ha comparado frecuentemente con la derrota en Vietnam).
Abdulhadi Qaderi (politólogo profesor del Cégep de Maisonneuve en Quebec y autor de varios libros y artículos sobre su país de origen, Afganistán) analizó la situación de su nación en una conferencia virtual el pasado fin de semana. Según Qaderi, la política ha sido dinámica y algunos actores han cambiado en 20 años. Por ejemplo, Hamid Karzai, presidente designado por Estados Unidos después de derrocar a los talibanes, se ha ido distanciando de la política de EE.UU. en la ultima década. Argumentando que el aliado norteamericano se interesaba más por China que por los intereses de la población de Afganistán, sometida a una larga guerra.
Hoy Karzai podría ser parte del Gobierno de transición anunciado por los Talibanes, quienes informaron en rueda de prensa este martes 17 de agosto su intención de esperar la retirada de las tropas extranjeras para conformar un Gobierno de coalición que incluiría mujeres. Sin embargo, Peoples Dispatch reporta que los talibanes han estado abriendo espacios de diálogos con los gobiernos de las regiones, pero duda que hayan cambiado sus políticas patriarcales internas.
Qaderi señala que hace años la guerra en Afganistán tiene un saldo de al menos 100 muertes diarias. Y que a pesar del miedo que puede generar un regreso de los Talibanes, es el primer escenario de paz que el país haya conocido en en las últimas dos décadas. La llegada tan rápida de las fuerzas Talibanes a Kabul solo ha sido posible porque el ejército del gobierno, cuyo Jefe de Estado ya había huido del país, decidió no empuñar sus armas y rendirse. Según Qaderi, con esa rendición se evitó un baño de sangre pues Rusia, China y EE.UU. estaban a punto de entrar en confrontaciones con sus respectivas facciones.
Poco se sabe de lo que espera el pueblo de Afganistán. Frente a la gran ola de críticas que ha recibido por esta situación, Joe Biden afirmó que no había otra manera de hacer las cosas. Este retiro esperado generó el efecto “inesperado” de la retoma del poder por los mismos talibanes a los que fueron a combatir las tropas estadounidenses hace 20 años en el Medio Oriente.
Crear dos, tres, muchos Saigones,
esa es la consigna
Por Vijay Prashad, Instituto Tricontinental / Resumen Latinoamericano, 20 de agosto de 2021.
Malina Suliman (Afganistán), Girl in the Ice Box (‘Chica en un cubo de hielo’), 2013.
El domingo 15 de agosto, el presidente de Afganistán Ashraf Ghani huyó de su país hacia Uzbekistán. Dejó la capital, Kabul, que ya había caído en manos de las fuerzas talibanes que avanzaban por el país. El expresidente Hamid Karzai anunció que había creado un consejo de coordinación con Abdullah Abdullah, el líder del Comité de Reconciliación Nacional, y el líder yihadista Gulbuddin Hekmatyar. Karzai pidió prudencia a los talibanes, mientras estos entraban en el palacio presidencial de Kabul y tomaban control del Estado.
Karzai, Abdullah Abdullah y Hekmatyar han pedido la formación de un gobierno nacional. Esto conviene a los talibanes, ya que les permitiría presentarse como un gobierno afgano y no como un gobierno talibán. Pero son los talibanes y su líder, el mulá Baradar, quienes estarán realmente a cargo del país, mientras Karzai-Abdullah Abdullah-Hekmatyar actúan como una cortina diseñada para aplacar a las oportunistas potencias extranjeras.
Shamsia Hassani (Afganistán), Kabus (‘Pesadilla’), 2021.
La entrada de los talibanes a Kabul es una enorme derrota para Estados Unidos. Unos pocos meses después de que EE. UU. iniciara su guerra contra el Talibán en 2001, el presidente George Bush anunció que “el régimen talibán está llegando a su fin”. Veinte años después, lo que se observa es lo opuesto. Pero esta derrota de Estados Unidos —tras gastar 2,26 billones de dólares y al menos 241.000 muertes— es un pobre consuelo para el pueblo afgano, que ahora debe enfrentar la dura realidad del dominio talibán. Desde su formación en Pakistán en 1994, no se puede encontrar nada progresista en las palabras o los actos del Talibán a lo largo de sus casi treinta años de historia. Así mismo, tampoco se puede encontrar nada progresista en la guerra de veinte años que Estados Unidos ha librado contra el pueblo afgano.
M. Mahdi Hamed (Afganistán), Kabus (‘Pesadilla’), 2015.
El 16 de abril de 1967, la revista cubana Tricontinental publicó un artículo de Che Guevara llamando a “Crear dos, tres, muchos Vietnams, esa es la consigna”. Guevara sostenía que la presión sobre el pueblo vietnamita debía ser aliviada por luchas guerrilleras en muchos otros lugares. Ocho años después, Estados Unidos huía de Vietnam: las imágenes mostraban a los oficiales estadounidenses y sus aliados vietnamitas subiéndose a helicópteros desde el techo del edificio de la CIA en Saigón.
La derrota de EE. UU. en Vietnam se produjo en el marco de una serie de derrotas para el imperialismo: Portugal había sido derrotado el año anterior en Angola, Guinea-Bissau y Mozambique; trabajadorxs y estudiantes habían derrocado la dictadura en Tailandia, abriendo un proceso de tres años que culminó con el levantamiento estudiantil de 1976; lxs comunistas tomaron el poder en Afganistán durante la Revolución de Saur en abril de 1978; el pueblo iraní abrió un proceso de un año contra el dictador —apoyado por EE.UU.—, el sha de Irán, que condujo a la revolución de enero de 1979; en el pequeño Estado insular de Granada el Movimiento New Jewel condujo una revolución socialista; en junio de 1979, las fuerzas sandinistas entraron en Managua (Nicaragua) y derrocaron la dictadura de Anastasio Somoza, apoyada por EE.UU. Estos fueron algunos de los múltiples Saigones, las múltiples derrotas al imperialismo y las múltiples victorias —de uno u otro modo— de las luchas de liberación nacional.
Cada uno de esos avances llegaba con su propia tradición política y con su propio tempo. La revuelta de masas más potente fue en Irán, aunque no desembocó en una dinámica socialista, sino en una democracia clerical. Cada uno de esos avances provocó la ira de Estados Unidos y sus aliados, quienes no iban a permitir que tales experimentos —la mayoría de naturaleza socialista— germinaran. Se impulsó una dictadura en Tailandia en 1976, se desencadenaron guerras indirectas en Afganistán y Nicaragua, y se le pagó a Irak para invadir Irán en septiembre de 1980. El gobierno de Estados Unidos intentó por todos los medios negar la soberanía a estos países y que volvieran a una subordinación absoluta.
Lo que siguió fue el caos, y se desplegó en dos ejes: la crisis de la deuda y las guerras indirectas. Después de que los países no alineados aprobaron la resolución por un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) en la Asamblea General de la ONU en 1974, se vieron asfixiados por las instituciones financieras dominadas por Occidente, incluyendo el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de EE. UU. Estas instituciones llevaron a los Estados no alineados a una profunda crisis de la deuda. Al incumplir sus pagos en 1982, México inauguró la actual crisis de la deuda del Tercer Mundo. Además, tras la victoria de las fuerzas de liberación nacional en los años 70, se inició una serie de nuevas guerras indirectas y operaciones de cambios de régimen que desestabilizaron la política en África, Asia y Latinoamérica por dos generaciones.
Aún no hemos salido de la destrucción causada por las políticas occidentales de la década de 1970.

La crueldad de Occidente para con Afganistán define la naturaleza de la contrarrevolución y el intervencionismo liberal. El presidente estadounidense Jimmy Carter decidió entregar una enorme cantidad de recursos a los peores elementos de la política afgana y trabajar con Pakistán y Arabia Saudita para destruir la República Democrática de Afganistán (RDA), que duró de 1978 a 1992 (renombrada como República de Afganistán en 1987).
Años después de la caída de la República de Afganistán, me reuní con Anahita Ratebzad, quien fue ministra en el primer gobierno de la RDA, para preguntarle sobre esos primeros años. “Enfrentamos serios desafíos tanto en el interior del país —de quienes tenían una visión social reaccionaria— como en el exterior —de nuestros adversarios en Estados Unidos y Pakistán—”, me dijo. “Meses después de que asumiéramos en 1987, supimos que nuestros enemigos se habían reunido para debilitarnos e impedir la llegada de la democracia y el socialismo a Afganistán”. A Ratebzad se le unieron otras importantes líderes como Sultana Umayd, Suraya, Ruhafza Kamyar, Firouza, Dilara Mark, la profesora R. S. Siddiqui, Fawjiyah Shahsawari, Dr. Aziza, Shirin Afzal, y Alamat Tolqun, nombres olvidados hace tiempo.
Fue Ratebzad quien escribió en el Kabul New Times (1978), que “Los privilegios que las mujeres, por derecho, deben tener son la igualdad en la educación, seguridad laboral, atención sanitaria y tiempo libre para formar una generación sana que construya el futuro del país (…) Educar e ilustrar a las mujeres ahora es un asunto de gran importancia para el gobierno”. La esperanza de 1978 se ha perdido.
El pesimismo no debe achacarse únicamente a los talibanes, sino también a aquellos —como Estados Unidos, Arabia Saudí, Alemania y Pakistán— que financiaron y apoyaron a los fascistas teocráticos de corte talibán. En el marco de la guerra que Estados Unidos comenzó en 2001, mujeres como Anahita Ratebzad fueron escondidas bajo la alfombra. A Estados Unidos le convenía ver a las mujeres afganas como incapaces de ayudarse a sí mismas y, por lo tanto, necesitadas de los bombardeos aéreos de Estados Unidos y las entregas extraordinarias a Guantánamo. También le convenía a EE. UU. negar sus vínculos activos con los peores teócratas y misóginos (personas como Hekmatyar, que no son diferentes de los talibanes).
Latif Eshraq (Afganistán), Farkhunda, 2017.
Estados Unidos financió a los muyahidines, debilitó la RDA, atrajo la reticente intervención soviética por el río Amu Daria, y luego aumentó la presión tanto sobre los soviéticos como sobre la RDA, al convertir a las fuerzas contrarrevolucionarias afganas y de la dictadura militar pakistaní en peones en la lucha contra la URSS. La retirada soviética y el colapso de la RDA condujo a un escenario aún peor, con una sangrienta guerra civil de la que emergió el Talibán. A pesar de la superioridad de la tecnología militar de EE. UU., el país salió derrotado después de una guerra de veinte años contra los talibanes.
Imaginen si EE. UU. no hubiera apoyado a los muyahidines y si se hubiera permitido que el pueblo afgano contemplara la posibilidad de un futuro socialista. Hubiera sido una lucha con sus propios altibajos, pero ciertamente hubiera resultado en algo mejor que lo que tenemos ahora: el regreso de los talibanes, la flagelación de las mujeres en público, y la aplicación de los peores códigos sociales. Imaginen.
Hamed Hassanzada (Afganistán), Genocide (‘Genocidio’), 2012.
Esta derrota del poder estadounidense no llega necesariamente con la posibilidad de ejercer la soberanía ni de impulsar una agenda socialista. Al contrario, llega con caos y sufrimiento. Haití, como Afganistán, forma parte de la historia del intervencionismo estadounidense, asolado por dos golpes de Estado, una ocupación de su vida política y económica, y ahora por otro terremoto. La derrota estadounidense en Afganistán también me recuerda lo sucedido en Irak (2011), pues ambos países han enfrentado un feroz poder militar, pero no se han subordinado.
Todo esto dilucida tanto la furia de la maquinaria bélica estadounidense, capaz de destruir países, pero también la debilidad del poder estadounidense, incapaz de formar el mundo a su imagen y semejanza. Afganistán e Irak construyeron proyectos de Estado por cientos de años. Estados Unidos los destruyó en una tarde.
El último presidente de izquierda en Afganistán, Mohammed Najibullah, intentó construir una Política de Reconciliación Nacional en los años 80. En 1995, escribió a su familia: “Actualmente Afganistán tiene múltiples gobiernos, cada uno creado por diferentes poderes regionales. Incluso Kabul está dividido en pequeños reinos (…) Hasta que todos los actores [regionales y potencias mundiales] acuerden sentarse en una sola mesa, dejar atrás sus diferencias para llegar a un consenso genuino de no injerencia en Afganistán y obedezcan ese acuerdo, el conflicto continuará”. Cuando los talibanes tomaron Kabul en 1996, capturaron al presidente Najibullah y lo asesinaron afuera de un recinto de la ONU. Unos días antes de que los talibanes volvieran a tomar Kabul, su hija, Heela, me dijo que esperaba que ahora sí se adoptara la política de su padre.
El llamado de Karzai va en esta misma línea, pero es poco probable que el Talibán lo acepte genuinamente.
Mahwish Chishty (Pakistán), Reaper, 2015.
¿Qué puede moderar a los talibaneses? Tal vez la presión de sus vecinos —incluida China—, que intereses tienen en juego en la estabilidad de Afganistán. A fines de julio, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, se reunió con el talibán Baradar en Tianjin. Estuvieron de acuerdo en que la política de Estados Unidos había fracasado. Pero el gobierno chino instó a Baradar a que sean pragmáticos: que dejen de apoyar el terrorismo e integren a Afganistán a la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda. Hasta el momento, esta es la única esperanza, pero incluso esta pende de un hilo.
En julio de 2020, el poeta y exministro del gobierno de la RDA, Sulaiman Layeq, murió producto de las heridas sufridas el año anterior en un bombardeo talibán en Kabul. Su poema “Pasiones eternas” (1959) describe la añoranza de ese mundo diferente por el que él y tantos otrxs habían trabajado para construir, un proyecto que fue destruido por las intervenciones estadounidenses:
el sonido del amor
desbordó de los corazones
volcánico, ebrio
(…)
los años pasaron
pero aún estos deseos
como el viento sobre la nieve
o como olas sobre las aguas
gritos de mujeres, lamentos
En gran medida el pueblo afgano está contento de ver el fin de la ocupación estadounidense, de un Saigón más en una larga secuencia. Pero esta no es una victoria para la humanidad. No será fácil para Afganistán emerger de la pesadilla de estas décadas, pero el deseo de hacerlo puede oírse.
Cordialmente,
Vijay
No es por el burka, es por el petróleo y
por su autodeterminación
Por Ollantay Itzamná, Resumen de Medio Oriente, 19 de agosto de 2021.
Los militares norteamericanos huyeron de Afganistán, el 15 de agosto reciente, luego de 20 años de ocupación, tiempo en el que Norteamérica y Europa se garantizaron la construcción del añorado oleoducto que transportaría el petróleo del Mar Caspio hacia Occidente.
Afganistán es un país multicultural que consta de más de 35 millones de habitantes, en su gran mayoría musulmanes, distribuidos en un territorio de más de 650 mil Km2.
Este territorio, al encontrarse en el paso inevitable entre Oriente y Occidente, históricamente fue y es un camino forzoso para el encuentro de diversas culturas. Los musulmanes llegaron al lugar allá por el siglo X, y se quedaron como la religión más influyente del país.
Al estar integrado por diferentes pueblos de origen seminómadas y sedentarios, los conflictos bélicos entre pueblos fueron la constante.
Rusia ocupó militarmente el país con la promesa de “pacificar”, a finales de 1970. Pero, con la caída de la Unión Soviética (1989) los rusos se retiraron, y los enfrentamientos entre pueblos resurgieron, esta vez financiados por los gobiernos norteamericanos. En ese contexto, surgió y se impuso el grupo talibán (novicios religiosos), y gobernó el país hasta 2001.
El gobierno norteamericano aceptó a los talibanes en el poder porque éstos les prometieron la construcción del añorado oleoducto que cruzaría el territorio de Afganistán para trasladar el petróleo del Mar Caspio hacia Occidente. Pero, los talibanes incumplieron dicha promesa, y los gringos los pintaron como el grupo terrorista más letal del Asia central.
Y así, en 2001, al ocurrir el atentado de las torres gemelas en Nueva York, el gobierno norteamericano acusó a los talibanes de dicho acto terrorista, invadió militarmente Afganistán, e impuso un gobierno que llamó democrático.
Dicho gobierno democrático impuesto por los EEUU, desde el primer año de su mandato facilitó el diseño de la construcción del oleoducto. Las empresas petroleras euronorteamericanas ingresaron y se apropiaron del negocio petrolero.
De este modo, EEUU finalmente había cumplido su objetivo…, y organizó su retirada del país porque ya había gastado cerca de dos billones de dólares en dicho proyecto.
En ese proceso de ocupación militar y “retirada planificada”, subestimaron la mística de la resistencia militar de los “cabeza de trapo” (así llaman los gringos a los talibanes), “vencidos hace 20 años atrás”. Los talibanes, aprovechando las circunstancias, avanzaron y ocuparon el país por completo, los militares norteamericanos y sus aliados europeos huyeron humillados de Afganistán dejando el negocio del petróleo en serio riesgo.
¿Los talibanes son unos demonios?
Los talibanes, por más esfuerzos mediáticos que hacen las corporaciones comunicacionales como CNN para demonizarlos, no habían sido “tan caníbales” como decían que eran las corporaciones euronorteamericanas.
Una vez que tomaron el poder en Kabul, no asesinaron, ni al Presidente impuesto por los EEUU, no degollaron a los militares norteamericanos que aún quedaban en el lugar, no masacraron mujeres “liberadas” por los gringos. ¡Ningún caníbal deja huir a su presa sin rasguño alguno! Los caníbales habían sido otros.
¿Qué pasará con Afganistán?
Ahora, sin la presencia física de ninguna potencia extranjera, reconstruirán su historia de manera soberana. Ojalá en el marco de los derechos y la dignidad universal. Recuperarán el control de sus bienes comunes en su territorio.
Aparentemente EEUU. huyó de Afganistán, pero eso no es del todo cierto. El negocio petrolero no está del todo asegurado por el oleoducto en proceso. Dicha huida, incluso podría ser una estrategia norteamericana para golpear a la humanidad con más fuerza.
Como dato, dos días antes de la huida de las tropas norteamericanas de Afganistán, otro pelotón norteamericano ingresaba en el Congo, país de reserva mundial de cobalto, con el argumento de que el grupo terrorista ISIS (también made in USA) estaría en ese país.
Lecciones que nos deja Afganistán
Todo esto nos muestra que la ocupación de Afganistán por el ejército norteamericano no fue por la democracia, sino por el petróleo. Además, los grupos terroristas (como Al Qaeda, talibanes o ISIS), aparte de ser creados/promovidos por los EEUU, son mostrados como demonios mientras no estén al servicio de los intereses norteamericanos.
Otra verdad es que los talibanes, por ser un grupo político militar de inspiración monoteísta patriarcal, al igual que cualquier grupo político militar cristiano, siempre buscará imponer la moral monoteísta patriarcal, que es reprochable por cierto.
Pero eso no quiere decir que el asunto de Afganistán lo tengamos que reducir al uso o abuso del burka para las mujeres. La lucha de los pueblos afganos es por su emancipación y autodeterminación como país multicultural, con grandes desafíos.
Fuente:RL




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