AFINANDO
LA PUNTA
Antecedentes
de la noche de los lápices
En
1945 La Escuela Industrial número 3, en Buenos Aires había sólo cuatro
industriales,
funcionaba
(y lo que queda de ella sigue funcionando) en un galpón abandonado por la Shell
o la ESSO, ya que no reunía las condiciones para almacenar latas y tambores de
combustibles o lubricantes.
En
la Planta baja adoquinada funcionaban los talleres, y en un primer piso, o
entrepiso metálico las aulas para enseñanza teórica, separadas por chapas de
cartón prensado y cielorrasos parciales del mismo material, asentado sobre
travesañitos de hierro te por los que corrían las ratas con algún sándwich como
trofeo, arrancado al almuerzo de los estudiantes.
Las
prácticas que se realizaban en los talleres, hojalatería y carpintería en
primer año, herrería en segundo, ajuste manual en tercero, fundición en cuarto,
tenían por objeto que los estudiantes se familiarizaran con el uso de
herramientas, aunque esas técnicas anticuadas la industria ya no las empleaba.
Hasta
el año anterior el Director Nacional de Enseñanza Técnica Ing. Devoto Moreno, había propuesto la realización de talleres de
producción, donde a la vez de habituarse al trabajo fabril los alumnos pudieran
tener el incentivo de alguna remuneración, pero sus sucesores vaya a saber por
qué desecharon la idea.
Por
fortuna la escuela quedaba cerca de la estación Barracas del Ferrocarril Sud y
a algunos profesores, al regresar de sus
cátedras en la Universidad de La Plata, les quedaba a mano bajar en Barracas, eran
pocos los que poseían auto, para dictar clases en el Industrial 3 lo que
elevaba el nivel de la enseñanza.
Durante
1945 y 1946, funcionaba también en un turno intermedio de 11,30 a 14 hs. el
Industrial 4, mientras construían su edificio en la calle Lacarra (Mataderos).
Lo que constreñía los horarios pero permitía a los del 3, que no vivieran
demasiado lejos, almorzar en sus casas.
Además
de los Industriales existían escuelas de Artes y Oficios, cuyos títulos no
habilitaban
para
ingresar a la enseñanza superior, las que durante el Gobierno de Perón se
transformaron en Industriales, a más de crearse en todo el país infinidad de Escuelas
Industriales, o Técnicas.
Es
cierto que la deserción en estos establecimientos, era mucho mayor que en los
Nacionales (liceos) y Comerciales, en parte por el horario, lunes a sábado mañana y tarde
y
en parte por la escasa preparación de los alumnos para razonar, mucha
matemática, física, química y menos materias de cultura general, en las que la
enseñanza se basaba en la memorización.
También influían en la deserción las dificultades de los jóvenes egresados, para
encontrar empleo en su profesión, pese al marcado desarrollo de manufacturas en
esa época.
La
creación o participación en un centro de estudiantes estaba terminantemente
prohibida, pese a lo cual nucleaba a un pequeño
número de estudiantes en relativa
clandestinidad.
¿Cuáles
eran las reivindicaciones? En primer lugar los talleres de producción que
hubieran proporcionado más conocimientos y algunos pesos atractivos que contribuirían
a reducir la deserción. Luego las comunes a todos los secundarios, los libros
gratis que había propuesto el Diputado Bonazzola, y como es de suponer la
legalización de los Centros.
Durante
los primeros años ante la escasa repercusión del Centro, las autoridades hacían
la vista gorda, o a lo sumo la sanción se reducía a amenazas o
amonestaciones. Tal es así que a algunos alumnos apresados en un acto político
de izquierda por la Sección Especial de la Policía, donde fueron torturados con
suavidad, 24 horas de pié sin comer, y algunas trompadas y cachetazos a
imberbes de 14 años, en la escuela no se los sancionó.
Pero
a partir de 1948 el ministro Ivanisevich, no conforme con la introducción en la
enseñanza de las materias Religión, o Moral, que dividía a los estudiantes en
hijos y entenados, designó como director del Industrial 3 al Ing. Pagés,
eyectado hacía poco del Otto Krausse por la desorganización que reinaba en ese
Industrial, el más conocido del país. Correligionario del ministro en el Opus
Dei, favoritismo que luego retribuirían a Perón propi-
ciando
el golpe militar antipopular que lo derribó del poder.
Pagés se destacó enseguida, la primera prioridad la
otorgó a la construcción en el espacio abierto del corralón, piso de adoquines
y alquitrán, un altar de la Virgen de Luján, ante el cual los alumnos volvían a
dividirse entre los que se persignaban o no, y la segunda a la persecución de
los estudiantes que militaban en el centro. Expulsó a varios, entre ellos a uno
afectado de parálisis, Sighzamian que
con muletas realizaba el sacrificio de viajar desde Pompeya a Barracas, de
trajinar por las escaleras metálicas de la escuela y que había llegado a tercer
año con buenas calificaciones, sin llevarse ninguna materia. En su casa se
reunían algunos miembros del centro de estudiantes. El padre, un humilde
inmigrante armenio que trabajaba como
obrero en un frigorífico, agasajaba a
los compañeros del hijo convidándolos, cortesía oriental mediante, refrescos y galletitas.
Tal vez prefería el Erevan soviético a las persecuciones que habían sufrido en
Turquía, los compañeros de su hijo pensaban que eso era cosa de él, por las que
no correspondía marginarlo.
A
Sighzamian le encontraron en la escuela un volante del centro invitando a un
acto por los libros gratis. Pagés ordenó expulsarlo de inmediato.
El
vía crucis de Sighzamian, el desprecio por el esfuerzo del muchacho paralítico
por integrarse a los demás, adelantó su muerte.
Fue
uno de tantos. Un adelanto de lo que treinta años después se perpetró en la
noche de los lápices.
Que
los adolescentes continúen aprendiendo a pensar y a rebelarse contra las
injusticias, debería alentar nuestras esperanzas.
BERNARCO SCHIFRIN
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